EE. UU. : El fin del mito del excepcionalismo y de otros mitos

Imagen tomada de este post de la BBC.

Por Róger Rumrrill

      El miércoles 6 de este mes de enero, estaba mirando con mucha atención e interés en la televisión, como millones de personas en EE. UU. y en todo el mundo, desde Lawrenceville, Atlanta, Georgia, el inicio de la ceremonia de certificación del triunfo electoral del candidato demócrata Joe Biden de las elecciones presidenciales de 2020 que costaron 14 mil millones de dólares, la más alta en toda la historia electoral de EE. UU.

       Eran las 13 horas de la tarde. Pocos momentos antes, el presidente Donald Trump había reiterado, por milésima vez, con frases agresivas y venenosas, la acusación de que le habían robado su triunfo electoral y convocaba, con altisonancia, soberbia y rabia a sus huestes a dirigirse al Capitolio  para impedir el latrocinio político de que era víctima. Él ofreció acompañar a sus seguidores, cosa que no lo hizo.

     Las hordas, empujadas por este discurso falaz y de odio, pocos momentos después cercaron el Capitolio -donde funcionan las dos cámaras, de representantes y senadores- e irrumpieron en los interiores rompiendo ventanas y provocando caos y amenazando la seguridad y la vida de los legisladores. El saldo: 5 personas muertas y otros daños físicos a la catedral de la democracia de EE. UU. La ceremonia se suspendió por varias horas hasta las ocho de la noche.

     Las imágenes de las hordas pintarrajeadas y vestidas con atuendos de los grupos supremacistas blancos de la extrema derecha y enarbolando banderas de la Confederación y otros símbolos del fundamentalismo político, cultural y religioso estadounidense provocó conmoción tanto dentro del país como en el resto del mundo.

     Había una sensación de asombro e incredulidad. La democracia supuestamente más sólida y madura del mundo estaba mostrando su  fragilidad; los mitos de la excepcionalidad, el mesianismo y el sueño americano, estaban convirtiéndose en humo por las turbas vandálicas del trumpismo.

     Cuando se retomó la sesión de conteo de los votos del Colegio Electoral, un acto meramente formal, porque ya el triunfo de Biden era un hecho legalmente reconocido, en la sesión de ambas cámaras presidida en este ocasión por el Vicepresidente Mike Pence, reinaba el estupor, el temor, la incredulidad, incluso algunos de los 139 representantes y 20 senadores republicanos que se habían comprometido a desconocer los resultados electorales en la sesión de certificación, empezaron a retroceder de sus posturas trumpistas.

    La sesión fue un reflejo, expresión y muestra de la profunda crisis política, social, económica, cultural y moral por la que atraviesa EE. UU., la todavía primera potencia mundial en declinación. Pero sin duda la primera potencia militar del planeta. Desde el silencio cómplice del senador por Texas, Ted Cruz, el más fiel acólito de Donald Trump, y otros senadores republicanos que a través de cuatro años de gobierno jamás discutieron y pusieron en tela de juicio las barbaridades de su líder, hasta aquellos tanto demócratas y republicanos que expresaron su “vergüenza”  de que los vándalos de Trump mancillaran el “sagrado recinto del Capitolio”, el mismo recinto donde se han urdido y aprobado las órdenes de invasión y ocupación de Irak, Libia y Afganistán y otros países con millones de muertos y ahora casi estados fallidos y la “humillación” de parecerse a una “república bananera” centroamericana cuando ha sido y sigue siendo EE. UU. el país que con su poder económico y bélico y su hegemonismo geopolítico y mesiánico construye las “repúblicas bananeras” a lo largo y ancho del planeta.

                          El fin de los mitos

      Uno de los mitos fundacionales de EE. UU. es el de su condición de excepcionalidad, es decir, la de una nación destinada a ser la más poderosa, la democracia más perfecta, el ejemplo y modelo para todas las naciones. Este mito está relacionado con su condición mesiánica y la del sueño americano.

     El alimento de estos mitos ha sido el origen religioso de esta nación y principalmente el supremacismo blanco. El presidente Madison Grant afirmaba que la raza blanca, nórdica, es el motor de la civilización y del desarrollo humano.

     Pero estos mitos han empezado a derrumbarse y lo que ocurrió el 6 de este mes en el Capitolio marca el fin. Y ha sido precisamente Donald Trump quién ha escrito el obituario sobre todo del excepcionalismo.

       En un brillante análisis al respecto, el científico social peruano, Gerardo Rénique, profesor universitario en EE. UU., sostiene que el Covid-19 y la incompetencia e inoperancia de Donald Trump, además de su racismo, xenofobia y narcisismo, han sido un golpe mortal para el excepcionalismo.

     Porque si alguna de sus promesas electorales que Donald Trump hizo realidad, fue la ilusión de “first América”. Porque en realidad su negacionismo y anticientificismo han hecho de EE. UU. la primera nación en el mundo en contagios y muertes del coronavirus.

      A ello hay que agregar, como anota Rénique, los 40 millones de hogares empobrecidos, más de 26 millones de personas en situación de inseguridad y la desigualdad creciente y el clima de violencia y racismo.

    Estudios recientes sobre la economía de EE. UU., calculan que entre 1990 y 2020, los multimillonarios de EE. UU. incrementaron su riqueza en 1,130 por ciento y mucho más durante la pandemia, multinacionales como Amazon y Walmart, entre otras, han lucrado oceánicamente con la tragedia humana.

    Este proceso de concentración obscena de la riqueza en el 1 por ciento de la población de EE. UU. alcanzó su mayor apogeo desde los años 80 durante los gobiernos de Ronald Reagan (1981-1989) en EE. UU. y Margaret Thatcher (1979-1990) en Gran Bretaña con el reinado de la globalización neoliberal. Nunca hemos olvidado la tristemente célebre frase  de la “Dama de hierro”: “La sociedad no existe, solo los individuos”.

       De acuerdo al centro de estudios “Pew Research” hay una grave segregación contra estudiantes negros y una profunda desigualdad entre negros y blancos. “La brecha que hay entre la riqueza de hogares negros y blancos revela los efectos acumulados de la desigualdad y la discriminación, así como unas diferencias de poder y de oportunidades que se remontan al nacimiento de esta nación”, afirma “Pew Research”.

        Pero eso no todo. La sísmica crisis política que ha estallado estos días también tiene causas estructurales antiguas. Arnold August señala, entre otras, el obsoleto sistema electoral de EE. UU. que tiene más de 200 años de antigüedad y que fue construido para invisibilizar a negros e indios como ahora a hispanos y afroamericanos, además del bipartidismo cerrado que según el mismo autor es una democracia cerrada “que impide el cambio de una democracia de papel” donde el pueblo que vota no elige. Elige un Colegio Electoral integrado por 534 electores.

    Donald Trump: la manzana podrida de la discordia del caldo de cultivo del sistema

    Donald Trump es la manzana podrida y de la discordia de este caldo de cultivo del sistema estadounidense en crisis. Como lo describe Gerardo Rénique, Trump admira a los autócratas y dictadores como Bolsonaro, King Jong y Erdogan, menosprecia a los gobernantes demócratas, tiene una invencible vocación autoritaria, rechaza la ciencia y niega el cambio climático. Agregaría que le ha puesto el último clavo al ataúd del multilateralismo tan decisivo frente al Covid-19 y la otra amenaza global: el cambio climático.

      En un brillante análisis, el político y diplomático chileno, Juan Gabriel Valdez, compara a Trump con el dictador fascista Benito Mussolini. Cita un ensayo del notable escritor italiano Curzio Malaparte, titulado “Muss, el Gran Imbécil”, que dice lo siguiente: “Que peligroso instrumento puede ser el estado en manos de un hombre sin escrúpulos, cuya sola ambición es la de imponer al pueblo la idolatría de sí mismo”.

       Luego el mismo Malaparte escribe: “La obra maestra de Mussolini como hombre de estado fue la capacidad de despertar, hacer salir a flote y organizar, poniéndola a disposición de sus propios fines, todas las fuerzas oscuras y ciegas que actúan inconscientemente en los bajos fondos de la psicología del pueblo”. El texto que fue escrito en 1931 parece haber estado dedicado a Trump.

     “Trump ha conseguido que su diaria repetición de falsedades germine en una realidad alternativa, es decir, en un conjunto de creencias firmes y retroalimentadas como señales de identidad por comunidades, grupos sociales y muchedumbres manipulables”, escribe Juan Gabriel Valdez.

     Por su parte, Aran Aharonian sostiene: “Y aunque pierda y Biden logre asumir, deja un tsunami global, basado en la legitimación del odio, machismo, homofobia, racismo, clasismo, es una guerra contra el progreso y la igualdad en la que la idea de la clase dominante lanza a la clase trabajadora contra sí misma para mantener el orden vigente. Tu enemigo es el pobre, el inmigrante, el okupa, las feministas, los homosexuales, no el empresario que les explota y explota el planeta”.

        Trump se va, pero el trumpismo se queda

        Mientras escribo esta crónica, hoy miércoles 13 de enero del 2021, a las 5 de la tarde hora de Washington, el Congreso de EE. UU. acaba de aprobar la resolución de juicio político contra Donald Trump por 232 votos a favor (incluyendo 10 votos republicanos) y 197 en contra. Es el primer presidente en la historia de EE. UU. con dos juicios políticos. La decisión final la tomará el Senado con mayoría demócrata después que Biden asuma el gobierno, el 20 de este mes. Es posible que Trump sea inhabilitado de por vida a participar en política.

        Mientras se produce el debate congresal y previendo ataques de las hordas trumpistas, se han tomado previsiones de seguridad que serán posiblemente más completas y estratégicas el 20 de este mes y en el próximo futuro -previsiones que no se tomaron el pasado miércoles-; se desplegaron 13 mil guardias nacionales, una fuerza más numerosa que los militares en operaciones en Irak, Libia y Afganistán.

         Para la mayoría de los más rigurosos analistas, Trump será condenado, pero su peligrosa y amenazante herencia y legado se quedará. Sobre todo teniendo en cuenta que EE. UU. es un país extremadamente polarizado y dividido y el supremacismo blanco, racista y xenófobo tendrá los argumentos suficientes y las sinrazones necesarias para seguir en sus esquizofrénicas embestidas.

   Una de los principales fuegos que atizarán su odio será la nueva demografía estadounidense. De  acuerdo a la Oficina del Censo de EE. UU., la mayoría de los 74 millones de niños que nazcan en este país no serán blancos. Para el año 2040, solo el 49 por ciento de la población estadounidense será blanca y el 51 por ciento de la población estará integrada por hispanos o latinos, negros, asiáticos y multirraciales.

    Como los mitos del excepcionalismo y el sueño americano se han casi evaporado, Trump, que también ha fraccionado al partido republicano, acaba de inaugurar la era de la post verdad.

   “En un país donde existe el odio y los opositores se han convertido en enemigos, plagado por la epidemia de las drogas, donde uno de cada seis estadounidenses padece problemas psicológicos y más personas mueren al año a causa de las armas que durante la guerra de Vietnam, crear la idea de la unidad es una tarea muy, muy difícil” escribe el destacado analista de la política internacional, Roberto Savio.

   Es cierto que como dice el mismo Roberto Savio que el sistema de EE. UU., así como el global, están rotos y es casi imposible arreglarlo. A ello hay que agregar la ola negacionista y las teorías conspiracionistas que han erosionado a nuestras sociedades, asesinando a la confianza y haciendo crecer exponencialmente la intolerancia sobre todo en las élites blancas y ricas.

               Joe Biden y el gatopardismo

     Nadie cree que el gobierno de Joe Biden será igual o peor que los cuatro años de pesadilla del gobierno de Donald Trump. Pero tampoco hay muchas razones y motivos para que los estadounidenses sueñen en el retorno de sus mitos. Biden es políticamente centrista y el establishment demócrata hará lo necesario para captarlo y aherrojarlo de acuerdo a sus intereses políticos y económicos. Porque ese mismo establishment es el que condenó al ostracismo a Bernie Sanders que anunciaba una auténtica insurgencia política y de cambio en el sistema estadounidense.

           “Con Biden, el gran tranquilizador, listo para ocupar la Casa Blanca, el profundo y perdurable conservadurismo de los liberales más poderosos de Estados Unidos se hará más evidente”, vaticina Luke Savage.

          Para la mayoría de los analistas, además, Joe Biden es el ejemplo casi perfecto del gatopardismo, como en la famosa novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa “El Gatopardo”: si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

      No hay que olvidar nunca que Joe Biden, en su larga carrera política, incluyendo la Vice Presidencia en el gobierno de Barack Obama (2009-2017) presentó en el Congreso la resolución de apoyo de EE. UU. a Gran Bretaña en la Guerra de las Malvinas contra Argentina; en el año 2003, durante el Gobierno de George W. Bush (2001-2009) el senado controlado por los demócratas votó por la invasión de Irak y Biden fue uno de los propulsores del Plan Colombia, una suerte de ocupación disfrazada por el combate al narcotráfico y, finalmente, sin ser lo último ni lo peor de su trayectoria política, en el año 2014 se refirió a los niños centroamericanos que estaban en la frontera de EE. UU. y México “como esa peligrosa oleada de inmigración”.

     Las tres amenazas más graves del planeta

     El más famoso politólogo del mundo, el estadounidense Noam Chomsky, y el periodista hindú Vijay Prashad, acaban de publicar una suerte de vaticinio apocalíptico sobre el planeta. Las tres amenazas más graves para la vida en el año 2021 son la aniquilación nuclear, la catástrofe climática y la destrucción neoliberal del contrato social.

   Más allá de las dudas que suscita el gobierno de Joe Biden, pero sin duda como presidente de la todavía mayor potencia mundial, principalmente militar, tiene enormes retos dentro y fuera de su país. Sus tres tareas fundamentales deberían ser: mover cielo y tierra para neutralizar las tres amenazas a la vida en 2021.

    Todos los imperios en declinación -como fueron los Imperios Romano y Británico- son más agresivos y destructivos. Hay actualmente 13,500 armas nucleares en el mundo. El 90 por ciento están en manos de EE.UU y Rusia. El presupuesto militar de EE. UU. asciende a 800 mil millones de dólares y tiene 1700 bases militares a lo largo y ancho del planeta.

   El gobierno de Joe Biden debe asumir la realidad dura pero realidad al fin, que el ciclo imperial de EE.UU está llegando a su fin y aceptar que el nuevo imperio ascendente es China, que es una especie de “muro de los lamentos” de la clase dominante estadounidense, al que culpan de todos sus fracasos, como el de la pandemia del coronavirus. Que los mayores enemigos de su país no están solamente fuera, sino principalmente dentro (Trump tiene más de 70 millones de seguidores).

    Que el mayor y mejor legado que puede dejar a su país y a la humanidad es ser un constructor de la paz, la unidad de los pueblos y naciones y el bienestar para millones de personas en su país y el mundo.

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