Los dos caminos

(A modo de cuento de Navidad)

José Álvarez Alonso

Uno de los mejores cuentos del famoso libro “Las mil y una noches” (creo que el final) narra una historia extraordinaria, como casi todas las contaba Sherezade. La escribiré de memoria, aún a riesgo de fallar en algunos detalles. Resulta que el Califa de Bagdad tenía tres hijos, que paraban todo el día peleando entre ellos, y compitiendo por heredar el trono. El Califa se cansó de las peleas y les dijo que le dejaría el trono al que trajese la maravilla más grande del mundo. Les dio un año de plazo para la búsqueda, con el encargo de que volviesen los tres en el mismo día. Los hermanos quedaron en encontrase en cierto lugar, y se lanzaron a la búsqueda. Uno de ellos se fue hacia el Norte, otro hacia el Oeste, y tercero de ellos, Ahmed, se fue hacia el Este, en búsqueda de la famosa Manzana de la Vida, que se decía atesoraban los monjes budistas de un monasterio del Tíbet. Cuando llegó allí, le preguntó al abad por la manzana, y este le confirmó que efectivamente, la tenían.

– “¿Cuánto cuesta?”, le preguntó

– “No está en venta”, le contestó el abad.

– “¿Hay alguna otra forma de conseguirla?, insistió Ahmed.

– “Si pasas tres pruebas, te podrás llevar la manzana gratis”, le dijo el abad. ¿Qué habilidad tienes?

– “Soy muy bueno con el arco”, contesto Ahmed.

El abad colocó un blanco diminuto a una gran distancia, y efectivamente, Ahmed, colocó una tras otra las flechas en el centro del blanco. La segunda prueba fue más difícil: se trataba de apagar una vela con la flecha y con los ojos vendados. Pasó la prueba también, ante el asombro de todos. La tercera y definitiva prueba era atravesar una manzana colocada encima de la cabeza de un niño, y con los ojos vendados. Ahmed, tan seguro de sí mismo en las anteriores pruebas, templó el arco, y después de unos momentos de titubeo, se bajó la venda y le dijo al Abad:

– “No lo puedo hacer, es mucho riesgo”.

– “¿Riesgo para ti?, preguntó el abad.

– “No, para el niño”, dijo Ahmed.

– “Pero entonces te irás sin nada, no podrás llevas la manzana de la vida”, le insistió el abad.

Ahmed, acicateado por las palabras del abad, se puso otra vez la venda y apuntó. Luego de unos segundos de duda, se quitó la venda y dijo:

– “Definitivamente no puedo, la vida del niño no vale el riesgo. He perdido.”

– “No”, le dijo el abad, cuando ya Ahmed se retiraba. “No has perdido, has ganado. La prueba era ésa. Si tú hubieses disparado tu flecha poniendo la vida del niño en riesgo, habrías demostrado que por conseguir lo que deseas eres capaz de cualquier cosa, aún de dañar a los demás. Pero has demostrado que tu ambición no está por encima de tus valores y principios. Te daré la manzana y, junto con ella, un consejo”.

Ahmed inició su largo camino de retorno a Bagdad feliz con su manzana de la vida, seguro que sería el ganador del concurso con sus hermanos. Pasado ya casi el año, se encontraron los tres en el lugar indicado. Ahmed contó lo que traía, y se asombró con lo que cada uno de sus hermanos había conseguido: uno había conseguido una alfombra voladora, luego de numerosos avatares, y el otro un catalejo por el que podía ver uno lo que quisiera, aunque estuviese a miles de kilómetros de distancia. Ahmed se mostró escéptico sobre el catalejo mágico, y su hermano le instó a que lo probase.

– “Piensa en alguien, por ejemplo en nuestro padre, y mira”, le dijo.
Ahmed miró, y les dijo consternado a sus hermanos:

– “Acabo de ver a nuestro padre está en su lecho de muerte, gravemente enfermo, con nuestra madre llorando al lado de la cama. Desde aquí tan lejos no podemos hacer nada, no llegaremos a tiempo”, se lamentó.

– “Pero sí podemos llegar a tiempo”, dijo alegre el tercer hermano, “con mi alfombra voladora estaremos allí en minutos”.

Se subieron entonces los tres a la alfombra, y por primera vez en su vida no pelearon y llegaron adonde su padre. Así, gracias a la colaboración entre ellos y al catalejo mágico del primero, la alfombra voladora del segundo, y la Manzana Mágica del tercero, consiguieron lo que parecía imposible: le salvaron la vida al Califa, su padre.

El buen Califa de Bagdad, conmovido por lo que habían hecho sus hijos, y viendo que ya no competían entre ellos, sino más bien, se habían unido para salvarle la vida, les entregó a los tres el reino y los tres hermanos reinaron en paz y armonía por muchos años, para felicidad de su pueblo”.

Aquí pareció acabar Sherezade su narración, y el Sultán le dijo entonces:

– “Pero no me has dicho qué consejo le dio el abad budista a Ahmed”.

– “El consejo del abad fue el siguiente”, dijo entonces Sherezade. “El mundo está lleno de maldad, de egoísmo, de mentira, de ambición, de crueldad y de odio. Existen dos caminos, uno fácil y otro difícil. El fácil es dejarse llevar por la corriente y ser parte y cómplice de la maldad, de la mentira y del egoísmo que practican la mayoría de los hombres. Los que siguen este camino fácil son alabado, lisonjeados y amados por todos. El camino difícil, en cambio, es el de enfrentarse a la maldad, al egoísmo, a la mentira y a la mediocridad que invaden el mundo, aún sabiendo que a uno lo van a ridiculizar, a atacar, a hacer la vida imposible y a combatir por ser un obstáculo para la ambición sin escrúpulos de muchos. Este camino difícil lo siguen desgraciadamente muy pocos hombres, pero ellos hacen la diferencia y permiten que el mundo todavía sobreviva. Gracias a unos pocos el mundo no se hunde en su propia inmundicia”.

Aquí acabó la historia se Sherezade, para agrado del califa. Se sabe que ésta, junto con otras narraciones preñadas de sabiduría de la astuta Sherezade, no sólo lograron curar la tristeza inmensa que aquejaba al califa, sino su misma vida, de modo que encontró el camino de la felicidad en el amor de Sherezade y en la búsqueda de la justicia, de la equidad, de la generosidad, y del bien de sus súbditos, en vez del egoísmo de la búsqueda de su propio placer.

Es increíble la actualidad de éste, como de otros muchos cuentos aleccionadores de Las Mil y Una Noches. No es difícil determinar entre las personas que conocemos y con las que interactuamos a diario quiénes siguen el camino fácil del abad del Tíbet, y se dejan llevar por la corriente del egoísmo, la falta de escrúpulos y la mediocridad. Son ésos que siguen el principio de Machiavelo de “el fin justifica los medios”, que son capaces de violar leyes, principios y derechos, y de dañar a otros, con tal de conseguir sus objetivos. Son esas personas para los que la búsqueda del propio beneficio es el único principio válido en la vida, y de los que piensan que el que ayuda al otro es un imbécil o un “cojudo”. Esta gente, desgraciadamente, son hoy día los más “populares”, son alabados por todos por sus “éxitos”, por sus “triunfos” en la vida, aunque sea a costa de los demás y por encima de todo principio y derecho. Esos fueron puestos en entredicho también por Jesús de Nazaret, cuando dijo aquello de “Ay de ustedes cuando todos hablen bien de ustedes, pues así trataron sus padres a los falsos profetas”.

Buscar la conformidad y la alabanza de la gente, y buscar egoístamente el propio bien sin preocuparse de los demás, es el camino fácil, es la tentación de todo hombre. Sin embargo, si existe una esperanza de mejorar esta sociedad, que parece a veces inviable y condenada a la autodestrucción, es gracias a los pocos que se enfrentan a la corriente y hacen la diferencia, aún a costa de su propia fama y de enemistarse con la mayoría. Ese es el secreto de la Manzana de la Vida del abad tibetano, que desgraciadamente es cada vez más escasa en esta sociedad.

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