Pandemia, estilo de vida y respeto a la naturaleza

“Los humanos somos lo que comemos…” (Ludwig Feuerbach)

José Álvarez Alonso, Biólogo

Entre las muchas lecciones que nos está dejando la pandemia del COVID-19 está la de revisar nuestro estilo de vida y adoptar hábitos bastante más sostenibles y respetuosos con la naturaleza. Se ha escrito y hablado en abundancia sobre el origen del virus, y las condiciones favorables que encontró en nuestras sociedades modernas para su increíble expansión y letal impacto. La ciencia nos ha mostrado que el maltrato a la naturaleza en general, y a los animales en particular, es el causante de las últimas pandemias que han ocurrido en el mundo (SARS, EBOLA, COVID-19): los virus han saltado al ser humano desde animales silvestres con elevada carga viral, por el maltrato o el estrés. La carga viral no solo se eleva en animales en malas condiciones de cautividad (como la que ocurre en los mercados asiáticos conocidos como “wet markets”) sino cuando sus hábitats son fragmentados, degradados y reducidos.

Por otro lado, un estudio publicado por investigadores de la Universidad de Harvard mostró que el incremento de apenas 1 microgramo por m³ en partículas contaminantes en el aire está asociado con un 8 % de incremento en la tasa de mortalidad por la COVID–19. Ahí tenemos la conjunción de condiciones favorables para el desastre actual.

Entre las llamadas comorbilidades o condiciones médicas preexistentes que incrementan el riesgo de sufrir una grave enfermedad con el contagio del COVID-19 se citan algunas claramente vinculadas con hábitos de consumo, como obesidad, diabetes tipo 2, y enfermedades cardiovasculares. Ya existen algunos indicadores en Perú que corroboran esto: la tasa de mortalidad por COVID–19 en ciudades amazónicas, pese a tener mucho mejor acceso a medicinas, tratamiento hospitalario y oxígeno medicinal, fue muy superior a la tasa de mortalidad en comunidades indígenas y poblaciones rurales en general. En Iquitos, por ejemplo, la tasa durante el 2020 fue de 11.30 fallecidos por 1000 habitantes, mientras que, en distritos rurales con mayoría indígena, como el Napo, Alto Nanay o El Tigre, la tasa estuvo entre 1 y 2 por 1000.

Considerando que la población de Iquitos y otras ciudades amazónicas grandes (como Yurimaguas, Contamana o Requena, con tasas de mortalidad muy altas también) está compuesta en buena medida de migrantes provenientes de las zonas rurales, la variable más sospechosa para estas marcadas diferencias probablemente no esté en el perfil racial o la genética de las personas, sino en la contaminación urbana (por gases de los motocarros y motos, el polvo del asfalto, y los ruidos excesivos de tubos de escape libres) y en los hábitos de consumo de la gente: mientras en las comunidades rurales la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares son muy raras, en las ciudades tienen una incidencia muy elevada, debido al sedentarismo, el estrés y el consumo excesivo de alimentos procesados y ultra procesados ricos en carbohidratos y grasas saturadas, incluyendo gaseosas y cerveza.

Esperemos que pronto los investigadores confirmen con estudios más contundentes estos datos preliminares. Mientras tanto, un número creciente de personas ya está tomando nota y cambiando su estilo de vida, haciendo más ejercicio, caminando o manejando bicicleta a su trabajo o al mercado, consumiendo productos más naturales y menos procesados y ultra procesados, y optando por productos en el mercado con menos huella ambiental. Aunque en el Perú es todavía incipiente esta tendencia, ya se puede encontrar en supermercados algunos productos con un QR con el que el comprador puede verificar si son “libres de deforestación” (por ejemplo, carne de vacuno).

Ojalá que estas prácticas pronto se masifiquen y los productos incluyan información sobre su legalidad, trazabilidad, equidad con los productores rurales y huella ambiental (huella de carbono, huella hídrica, huella química, etc.). De este modo el consumidor podrá no solo asegurarse de que consume productos saludables para su cuerpo, sino saludables para el ambiente y beneficiosos y equitativos para las comunidades rurales que proveen los insumos primarios.

Publicado originalmente en Unos días con Bobby.

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