¿Un programa de gobierno para el crecimiento económico o para la transición ecológica

Por José Manuyama

La coyuntura electoral es un buen espacio para reflexionar sobre enfoques que expliquen mejor la necesidad de cambiar la realidad política nacional y regional, desde cualquier punto del país. En este caso, desde Loreto, mi región.

Si bien es cierto que se necesita escuchar los programas de gobierno de cada partido político en carrera, no es un simple plantear de propuestas, sino ver qué traen de fondo. No se trata de cuál estrategia suena mejor sino a qué intereses responde.

Un primer criterio es determinar si un programa responde a los millones de peruanos para los cuales no hay Estado, menos Estado de Derecho, que prácticamente viven en el abandono, sin agua potable, desagüe, ni condiciones sociales para llevar una vida digna. No olvidar que llevamos varias décadas de crecimiento económico, mientras la mayor parte de la población vive como puede, o mejor dicho muere de a pocos. Si vemos la correlación de fuerzas, los grupos de poder privilegiados del sistema económico están detrás de una cuestionada candidata, mientras que, en la otra trinchera se ubica un representante en torno al cual se agrupa mucha gente que lo siente cercano.

También hay una cuestión de fondo en la propuesta de gobierno que la candidata Keiko Fujimori representa implícita y explícitamente. Que las «bondades materiales» que trae el modelo económico son el fin supremo hacia el cual todos debemos arribar. Es una perspectiva que asume la superioridad cultural como la meta primordial, que en la práctica sólo logran alcanzar unos pocos y excluye a la mayoría de sus supuestos deleites. Aquí es donde debemos visualizar que la gran riqueza material que las principales urbes mundiales ostentan ha sido alcanzada a costa de degradar, a lo largo y ancho del planeta, la vida humana y la vida natural al extremo de poner en riesgo la sobrevivencia de la propia humanidad. Piloto automático es lo mismo que decir el fin.

Si un plan solo exige profundizar un modelo que destruye, no puede ser alternativa para nadie. La realidad económica y su cultura decadente exige que haya una propuesta que vaya más allá de plantear llamativas cifras, ofreciendo una transición económica y cultural que incluya la superación de la sociedad sin escrúpulos por una cuyo objetivo sea lograr una sana convivencia entre los seres vivos. La corrupción no se puede resolver con más corrupción. Ninguno de los aspirantes está libre de sombras de corrupción en su equipo, pero una de los dos está completamente plagada. Ante la crisis de valores la alternativa debe ser moral.

En la selva miles han muerto producto de la degradación moral de la colonización y su economía. Cualquier política de cambio deberá corresponder a esa demanda de justicia del pasado, en la atención de los marginados del presente.

De igual modo, una propuesta para la Amazonía deberá contrarrestar a la cultura social bárbara sobre la que se implanta la economía extractivista, y promover la colaboración mutua amazónica, la “familiaridad” del hombre con los demás seres vivos, que hizo posible el surgimiento de grandes culturas en el gran bosque tropical americano, algo que la mayoría de peruanos desconoce y al mismo tiempo subvalora.

No se trata de pedir programas electorales sin perspectivas de fondo. Pedro Castillo todavía puede organizar una propuesta coherente que responda a los miles de peruanos que se han visto reflejado en su origen y en su historia personal.

Felizmente, en nuestro terruño, un grupo de ciudadanos ya viene trabajando para que la Amazonía recupere su fecundidad natural y cultural. Será la unión de la ciencia y la tradición ancestral la que nos sacará del abismo donde nos ha condenado la historia de dominación y discriminación.

Sobre la justicia y en los sabios anhelos de los que nos antecedieron haremos posible una verdadera era dorada y de salud convivencial para todos los loretanos. El mismo deseo para que en todo rincón de nuestra patria seamos capaces de organizarnos y lograr un bienestar diferenciado, donde nuestras herencias culturales, discriminadas secularmente, sean la base futura de nuestra humanidad dignificada.

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